A 32 aƱos del atentado a la AMIA: la herida abierta de una impunidad que acorrala a la memoria

El 18 de julio de 1994 a las 9:53 de la mañana, el tiempo en la Argentina se detuvo en un estruendo brutal. La voladura de la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en Pasteur 633, dejó un saldo devastador: 85 vidas robadas, cientos de heridos y una comunidad entera atravesada por el espanto. Tres décadas y dos años después, el horror no solo se recuerda por la violencia del impacto, sino por la persistencia de una pregunta que sigue sin respuesta firme en los tribunales: ¿dónde estÔ la justicia?

El peso del tiempo y la deuda de la justicia

Cumplir 32 aƱos sin condenas definitivas para los responsables intelectuales y materiales convierte al caso AMIA en uno de los sƭmbolos mƔs dolorosos de la impunidad en la historia democrƔtica argentina. El paso del tiempo, lejos de calmar el dolor, desgasta las instituciones y revictimiza a los familiares que debieron envejecer exigiendo lo que en cualquier Estado de derecho deberƭa ser una certeza.

A lo largo de estos años se han superpuesto investigaciones fallidas, encubrimientos, pistas desviadas y un laberinto geopolítico que pareció desplazar con frecuencia lo esencial: la dignidad de las víctimas y el compromiso irrenunciable con la verdad. La impunidad no es solo un vacío legal; es un mensaje destructivo para la sociedad, porque sugiere que la violencia extrema puede quedar sin sanción.

El horror y el deber de la memoria

Frente al horror de la barbarie y el abandono institucional, la memoria colectiva emerge como la principal trinchera. Recordar cada 18 de julio no es un mero acto protocolar ni una rutina del calendario: es una exigencia de justicia y un compromiso con el «nunca mÔs».

El horror busca paralizar y silenciar. Por eso, el ejercicio activo de la memoria —en las escuelas, en la calle, en los medios y en el espacio pĆŗblico— es la Ćŗnica respuesta digna ante la impunidad. La sirena que suena cada aƱo a la hora exacta del ataque no solo evoca el momento en que se desató la tragedia, sino que despierta a una sociedad que no puede permitirse la indiferencia.

A 32 aƱos del atentado, la demanda sigue siendo tan urgente como la primera maƱana: verdad, justicia y castigo a los culpables. Mientras la impunidad perdure, la herida seguirƔ abierta; pero mientras haya memoria, el reclamo no se apagarƔ.

Ph: LA GACETA

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