Las paredes de una vivienda en la localidad de Ranchillos albergaban esta semana un triste paisaje cotidiano: decenas de jaulas colgadas, envolviendo el ambiente en un concierto de trinos forzados. Tras un operativo preventivo realizado por la División de Delitos Rurales y Ambientales N.° 1 Este (Burruyacú), las autoridades lograron rescatar a 28 aves silvestres que permanecían privadas de su libertad, junto con el decomiso de 28 jaulas y tramperas utilizadas para su cautiverio.
Entre las especies incautadas se encontraban ejemplares de jilguero, cabeza negra, reinamora, cardenal, pepitero y tía picho, aves emblemáticas de nuestra región que sufren de manera sistemática la persecución del ser humano para abastecer el mercado ilegal del mascotismo.
La ilusión de la compañía y el impacto en el ecosistema
El procedimiento se enmarca en el cumplimiento de la Ley Provincial N.° 6.292 de Protección de Flora, Fauna Silvestre y Suelos, la cual prohíbe taxativamente la captura, tenencia y comercialización de la fauna autóctona. Sin embargo, más allá del marco legal y los titulares policiales, el caso pone de manifiesto una costumbre profundamente arraigada pero altamente destructiva: la creencia de que un ave silvestre puede ser una «mascota».
Para reflexionar: Un ave en una jaula no es un adorno ni una compañía. Su función biológica en la naturaleza es insustitudible.
Cada jilguero, cardenal o reinamora que termina encerrado representa una eslabón roto en la cadena ecológica tucumana:
- Dispersión de semillas: Muchas de estas especies son las encargadas naturales de reforestar nuestros montes y bosques al dispersar semillas.
- Control de plagas: Se alimentan de insectos que, sin sus depredadores naturales, pueden convertirse en plagas para la agricultura y las zonas urbanas.
- Mortalidad en el proceso: Se calcula que por cada ave silvestre que llega viva a una jaula particular, varias más mueren durante la captura, el transporte o debido al estrés del encierro.
Proteger lo nuestro: una responsabilidad colectiva
La intervención de la Dirección de Flora, Fauna Silvestre busca reinsertar o rehabilitar a estos ejemplares para que recuperen su hábitat natural. No obstante, el esfuerzo del Estado y las fuerzas de seguridad resultará insuficiente si como sociedad no modificamos la demanda.
El tráfico ilegal de fauna existe porque aún hay quienes compran, atrapan o retienen estos animales. Cortar la cadena del mascotismo exige educación, empatía y la firme convicción de que el único canto que vale la pena escuchar es el que retumba en libertad, en nuestros montes y bosques.





