El periodismo argentino despide a una de sus figuras más complejas, influyentes y divisorias. Samuel «Chiche» Gelblung falleció a los 82 años, dejando tras de sí un legado que resulta imposible encasillar en homenajes tibios o hagiografías complacientes. Fue, ante todo, un animal de redacción y de estudio: un hombre que entendió como pocos qué mueve la atención del público y que jamás le tuvo miedo al exceso, al barro ni a la polémica.
Su trayectoria abarcó más de medio siglo de medios de comunicación en Argentina, pero tuvo dos grandes momentos fundacionales. En los años 70, al frente de la revista Gente, demostró una capacidad inédita para el diseño editorial, el titular punzante y la cobertura de impacto. Allí moldeó un estilo de crónica directa y visual que modernizó la prensa gráfica, aunque también le valió duras críticas por el tratamiento editorial durante años oscuros del país, un fantasma con el que convivió y que sus detractores jamás le perdonaron.
Con la llegada de la televisión masiva en los años 90, Chiche reinventó su figura. A través de programas como Memoria, trasformó el primetime en un laboratorio de experimentación sensacionalista. Introdujo la máquina de la verdad, las autopsias televisadas, los fenómenos paranormales y la exposición cruda del drama cotidiano.
Virtudes y contradicciones de un profesional sin filtro
Como profesional, las virtudes de Gelblung eran indiscutibles para quienes trabajaron a su lado: una capacidad de trabajo desmedida, un olfato periodístico infalible para detectar la noticia donde otros solo veían rutina y una destreza única para formar cronistas y productores a fuerza de una exigencia tiránica. Supo ser un maestro del oficio en su dimensión más pragmática: titular bien, encontrar el ángulo insólito y no aburrir jamás.
Sin embargo, sus defectos eran la otra cara de esa misma moneda. Su afán por el impacto lo llevó reiteradas veces a cruzar el límite del ético decoro, bordeando el amarillismo y la explotación de la intimidad. No buscaba la solemnidad ni el consenso académico; su termómetro era el rating y el impacto popular. Para Chiche, si un tema enganchaba, cualquier controversia posterior era apenas un costo colateral aceptable.
La irreverencia como método
Las anécdotas que rodean su carrera dan cuenta de una personalidad provocadora que no medía consecuencias con tal de obtener una historia. Durante la invasión rusa a Ucrania en 2022, con casi 80 años y cuando la mayoría de sus contemporáneos analizaban el conflicto desde la comodidad de un estudio, armó el bolso y viajó como corresponsal de guerra a la frontera en Polonia y Ucrania. Duró pocos días debido a los riesgos y las dificultades logísticas de su salud, pero su presencia en el lugar de los hechos resumió su filosofía: el periodismo se hace en el barro, no en el escritorio.
En sus años de televisión, las anécdotas bordeaban lo insólito: desde enviar a cronistas a pasar la noche en cementerios para probar la existencia de fantasmas, hasta someter a figuras públicas a interrogatorios con detectores de mentiras de dudosa rigurosidad científica. Gelblung no buscaba certidumbres académicas, sino la reacción genuina —y el morbo— del espectador.
Se va un personaje incómodo, irreverente y fascinante. Un profesional que incomodó tanto al poder como al propio purismo periodístico. Chiche Gelblung deja un vacío en la cultura mediática argentina que difícilmente pueda llenarse, no solo por la escala de su trayectoria, sino porque perteneció a una estirpe de periodistas que entendían el oficio como un espectáculo vivo, sangriento y sin concesiones.





