«¿Qué les puedo decir? Son mis niños»: la historia de la maestra tucumana que emociona al enseñar con el corazón

En tiempos donde muchas veces prima la prisa, existen gestos diarios que nos detienen, nos conmueven y nos recuerdan el verdadero sentido de la educación. En la Escuela N.º 384 José María del Campo, ubicada en la localidad tucumana de Juan Bautista Alberdi, la inclusión dejó de ser un simple concepto teórico para convertirse en una forma de vivir el aula.

Allí, la historia del pequeño Genaro Toledo y sus compañeros de clase se ha vuelto un símbolo de esperanza. Genaro no solo asiste a la escuela a aprender materias tradicionales; encuentra diariamente en su grupo de pares un abrazo constante, un entorno que lo integra, lo acompaña y comparte cada jornada con profundo cariño y respeto.

El ejemplo que transforma vidas

Detrás de este ambiente de camaradería y nobleza se encuentra la dedicación de su maestra, Celina Peralta. Con paciencia, vocación y un compromiso que trasciende los libros de texto, Celina enseña con el ejemplo más poderoso: el del afecto y la aceptación de las diferencias.

«Cuando una maestra enseña con el corazón, los alumnos aprenden a respetar las diferencias, a tender una mano y a crecer juntos. Ese es el mejor aprendizaje que puede brindar una escuela.»

Las repercusiones del video que visibilizó esta hermosa dinámica escolar no tardaron en llegar, revolucionando los pasillos de la institución. Sin embargo, en medio del revuelo de las felicitaciones y el cariño de toda la comunidad, la «seño» Celina mantiene la humildad y la naturalidad de quien solo está haciendo lo que ama.

Rodeada del bullicio del recreo y del afecto de sus alumnos, Celina resumió entre risas y emoción el sentimiento que guía su labor diaria: «Gracias a todos por los saludos, ¿qué puedo decirles? Son mis niños…». Segundos después, el timbre del colegio anunció el fin del descanso, llamándola de regreso a su lugar en el mundo: junto a ellos.

Formar mejores personas

La lección que nos llega desde Juan Bautista Alberdi trasciende las paredes del aula. Nos invita a reflexionar como sociedad sobre la importancia de construir espacios donde cada niño, sin excepción, se sienta querido, valorado y acompañado.

Acciones como las de Celina y sus alumnos demuestran que una educación inclusiva no solo forma estudiantes con conocimientos académicos: forma, por sobre todas las cosas, seres humanos más nobles y empáticos. Un recordatorio de que la inclusión no se proclama, se practica todos los días.

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