El hallazgo de más de un kilo de cocaína compactada —valuado en unos 15 millones de pesos— y un arma de fuego lista para disparar en Lomas de Tafí no es un hecho aislado; es la radiografía de un circuito comercial que opera con logística, armamento y capital. El secuestro de la camioneta, el arma montada con proyectil en recámara y la detención de dos hombres oriundos de Los Vallistos y Los Aguirre evidencian la circulación de cargamentos de volumen considerable en zonas urbanas de la provincia.
Casi en paralelo, la escena en Las Talitas muestra la otra cara de la misma moneda. Un hombre de 45 años manipulaba «bochitas» de cocaína en plena vía pública a la vista de los vecinos. Aunque la policía logró incautar la droga, dinero en efectivo y recortes para fraccionamiento, la justicia dispuso que el sospechoso continuara en libertad, una decisión que expone las tensiones y contradicciones en la persecución del narcomenudeo.
Más allá del impacto mediático de los secuestros y el despliegue de las brigadas en las calles, ambos episodios obligan a una reflexión profunda: la respuesta policial, por intensa que sea, parece actuar sobre las consecuencias y no sobre las causas de un fenómeno en expansión. Mientras los procedimientos decomisan kilos en el transporte y dosis en las esquinas, la droga sigue encontrando vías para permear en la vida cotidiana de los barrios, abriendo el interrogante de hasta dónde alcanza la contención de las fuerzas de seguridad cuando la demanda y el negocio no dejan de crecer.






