El frío de la tarde tucumana no logró frenar el calor de miles de voluntades que, de a poco, empezaron a poblar los alrededores de la plaza Independencia. El almanaque marcaba tres de junio, una fecha que desde hace más de una década dejó de ser un día cualquiera para transformarse en un punto de encuentro, de abrazo y de memoria en toda la Argentina. A 11 años de aquella primera convocatoria inspirada en el recuerdo de Chiara Páez, Tucumán volvió a demostrar que el compromiso por una vida libre de violencia sigue más vigente que nunca.

La fisonomía de la plaza cambió por completo pasadas las cuatro de la tarde. Banderas, pancartas con nombres que se niegan al olvido y rostros de distintas generaciones confluyeron en un mismo andar. Hubo una fuerte presencia de organizaciones sociales, colectivos estudiantiles de la Universidad Nacional de Tucumán y sindicatos que, junto a miles de ciudadanos independientes, conformaron una marea humana unida por un lazo invisible pero inquebrantable: la búsqueda compartida de Justicia.

El corazón de la jornada estuvo marcado por la palabra de los familiares, aquellos que transformaron el dolor más profundo en una bandera de lucha diaria. Sobre el asfalto y de cara a la comunidad, se escuchó el testimonio de madres y hermanas que conviven con la ausencia, como el persistente reclamo de la familia de Daiana Garnica al cumplirse nueve años de su desaparición, o el dolor reciente de los allegados a Juana Bustos, quienes piden celeridad y respuestas firmes a los tiempos judiciales. También se sumaron las voces históricas de familiares que llevan décadas recorriendo la plaza, recordando que cada nombre que se agrega a la lista es una herida abierta en el tejido social.

Más allá de las demandas concretas por el fortalecimiento de las herramientas de prevención, asistencia y capacitación en ámbitos públicos y educativos, la marcha dejó flotando en el aire una certeza superadora. La violencia de género no es un problema privado, sino un desafío que interpela a toda la sociedad en su conjunto.

Al caer la tarde, cuando las luces de la ciudad empezaron a encenderse, la plaza comenzó a desconcentrarse en paz. No quedó una sensación de derrota, sino todo lo contrario: el murmullo de miles de personas conversando al regresar a casa dejó una profunda reflexión sobre el poder de los lazos comunitarios. La esperanza de este movimiento no radica en la ausencia de dificultades, sino en la inquebrantable voluntad de las mujeres y de la sociedad tucumana de acompañarse, de salir a la calle y de demostrar que, mientras haya memoria y comunidad decidida a cuidarse, el camino hacia un futuro más justo y seguro sigue construyéndose paso a paso.