El debate sobre los límites de la libertad de expresión, el rol de las plataformas digitales y la influencia de la Iglesia Católica en la agenda pública argentina sumó un nuevo capítulo tras las repercusiones del Tedeum del 25 de Mayo. En aquella oportunidad, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, lanzó una dura homilía en la que advirtió sobre el «terrorismo» del odio en las redes sociales, una definición que el presidente Javier Milei consideró «exagerada», aunque optó por mantener canales de diálogo abiertos con la jerarquía eclesiástica.

Las dos posturas en pugna

1. La visión del Poder Ejecutivo: Redes como catarsis individual

Desde la perspectiva de la Casa Rosada, el fenómeno de la hostilidad en plataformas como X (antes Twitter) no debe ser equiparado con delitos de gravedad institucional. En declaraciones radiales, el primer mandatario argumentó:

«Terrorismo a mí me parece que es cuando el Estado persigue a las personas o cuando hay gente que pone bombas. La palabra es un poco exagerada para la gente que da su opinión y canaliza su frustración en las redes.»

Para el oficialismo, la solución ante el hostigamiento digital es de orden individual («el que no quiere leer, se baja de la red o bloquea»), minimizando el impacto de los algoritmos o de las cuentas coordinadas en la discusión política.

2. La postura de la Iglesia: El impacto en el tejido social

Por su parte, fuentes del Episcopado y defensores de la postura de García Cuerva señalan que el uso del término «terrorismo» —si bien semánticamente discutible— buscó alertar sobre la sistematicidad de las campañas de descalificación y su capacidad para infundir temor o silenciar voces disidentes. Desde el entorno eclesiástico se argumenta que la violencia verbal en el ecosistema digital se traslada a la vida real, profundizando la polarización social y erosionando la convivencia democrática.

El trasfondo político y la gobernabilidad

El contrapunto con la Iglesia se dio en un contexto donde el oficialismo buscaba consolidar su agenda legislativa. En ese sentido, la lectura de los analistas políticos se divide en dos grandes corrientes:

  • Estrategia de pacificación selectiva: A diferencia de sus duros cruces pasados con otras figuras (incluyendo críticas previas al Papa Francisco), Milei optó por calificar la homilía de García Cuerva como una «opinión absolutamente válida» y «educada». Historiadores y politólogos interpretan esto como una necesidad de no abrir frentes de conflicto innecesarios con una institución clave para la contención social en momentos de ajuste económico.
  • La dinámica de la gestión: En el plano estrictamente político, el Presidente reconoció en ese momento las dificultades de la gestión bajo una marcada minoría parlamentaria: «Arrancé con una debilidad muy fuerte en la Cámara de Diputados (…), eso requiere que trabajemos con mucho diálogo y consenso», afirmó, marcando un contraste entre la intransigencia discursiva de las redes y la realpolitik obligada del Congreso.
  • El episodio dejó en evidencia una tensión que persiste: la dificultad de conciliar la horizontalidad y el tono frecuentemente agresivo de las redes sociales —herramientas clave en la construcción política del oficialismo— con las demandas de institucionalidad, prudencia y cohesión social que reclaman la Iglesia y diversos sectores de la oposición.