La licitación pública lanzada por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán para concesionar la explotación y mantenimiento del nuevo Mercado de la Ciudad —ubicado en el predio del ex Mercado Sarmiento— encendió la discusión política local.
El legislador provincial Walter Berarducci (Compromiso Tucumán) cuestionó el esquema elegido por la administración de la intendenta Rossana Chahla. Según el parlamentario, la decisión de volcar cientos de millones de pesos en infraestructura y equipamiento público para luego entregar la administración comercial a un privado deja interrogantes centrales sobre la previsión financiera y el retorno de la inversión para los vecinos. «Una inversión pública no puede convertirse, sin una explicación clara, en un beneficio privado», advirtió Berarducci, reclamando precisiones sobre el costo total de la obra y el tiempo estimado para recuperar esos fondos a través del canon establecido de $18 millones mensuales.
El planteo reabre una discusión frecuente en la escena política local: el uso de grandes obras públicas y convocatorias institucionales como vitrinas de gestión con posible proyección electoral o posicionamiento personal. Mientras desde la oposición se señala una presunta improvisación en el modelo de negocios para justificar que el emprendimiento aún no termine de arrancar, la propia realidad económica nacional impone su marca. La caída generalizada del consumo y las dificultades del sector comercial —reconocidas por las propias autoridades municipales— generan un escenario complejo para la ocupación y sostenibilidad de este tipo de espacios.
La controversia plantea dos miradas contrapuestas sobre el mismo proyecto. Por un lado, la visión oficial que busca transformar un edificio histórico en un polo gastronómico y comercial bajo un modelo de participación público-privada; por el otro, la advertencia opositora sobre la falta de un plan económico claro desde el origen. En el medio, el proyecto del Mercado de la Ciudad queda expuesto a los vaivenes de la economía real y a las lecturas políticas de un calendario donde cada anuncio y cada crítica parecen tener objetivos que van más allá del propio predio comercial.





