Detrás de cada protesta, de cada marcha y de cada pancarta, hay historias con nombre propio y rostros atravesados por la incertidumbre. La escena frente a la sede del PAMI no es un hecho aislado ni un simple número en las estadísticas presupuestarias; es el reflejo cotidiano de miles de personas que, tras una vida de aporte y trabajo, hoy se encuentran batallando contra un sistema que parece darles la espalda.
Testimonios como el de Celina Corralán dan cuenta de un drama humano profundo: la angustia de quien sola, sin red familiar ni recursos suficientes, ve cómo la burocracia y los recortes ahogan sus posibilidades de acceder a una jubilación o a insumos básicos de salud, como anteojos o medicamentos esenciales. No se trata solo de números que no cierran; se trata de la pérdida progresiva de la tranquilidad en la etapa más vulnerable de la vida.
El laberinto de la salud y el “plus” que ahoga
El reclamo de los jubilados y de sus representantes sindicales señala una contradicción dolorosa. Mientras a los beneficiarios se les realiza mes a mes el descuento correspondiente de sus haberes, al momento de consultar al médico, acudir a un sanatorio o gestionar un estudio especializado, la respuesta suele ser la misma: demoras de meses, prestaciones degradadas o el cobro abusivo de adicionales en concepto de «plus».
Este peregrinaje de consultorio en consultorio coloca a los adultos mayores en una encrucijada sin salida: o pagan cobros indebidos con ingresos que apenas alcanzan para subsistir, o resignan la atención médica y los remedios que garantizan su calidad de vida. La falta de respuestas claras sobre el destino de los fondos y el estado de la deuda con los prestadores incrementa la sensación de desamparo institucional.
Una interpelación colectiva
Si bien estas falencias ponen en evidencia las prioridades de la gestión política actual y la urgente necesidad de normalizar los organismos de previsión y salud conforme a la ley, la problemática trasciende lo estrictamente partidario. Se trata de un dilema ético y humano que interpela a toda la sociedad.
¿Qué lugar le estamos reservando a quienes construyeron el país antes que nosotros? ¿Hasta cuándo la vejez será sinónimo de privación y espera indefinida? La realidad de quienes no llegan a fin de mes ni pueden acceder a sus tratamientos no admite miradas indiferentes. Exige compromiso institucional, transparencia en los recursos y, sobre todo, una empatía real que devuelva la dignidad y el respeto a nuestros jubilados.








