La postal se reitera con preocupante frecuencia en los márgenes de nuestras carreteras, transformando la geografĂa tucumana en un llamado de atenciĂłn que no podemos seguir ignorando. KilĂłmetros de banquinas y caminos rurales se ven afectados por la acumulaciĂłn de residuos de todo tipo. Este panorama, lejos de ser un hecho aislado, evidencia una problemática compleja que requiere tanto de una presencia estatal más activa y coordinada como de un compromiso cĂvico y educativo más profundo por parte de la sociedad.
Un claro reflejo de esta situaciĂłn se observa de manera recurrente en la Ruta Nacional 38, puntualmente entre los kilĂłmetros 744 y 746, en el trayecto que conecta a RĂo Seco con Arcadia. No obstante, este tramo es solo una muestra de un hábito que se extiende a otros puntos de la provincia, alcanzando incluso a las cuencas de nuestros rĂos, espacios que terminan convertidos en vaciaderos improvisados donde interactĂşan animales de pastoreo.
El impacto silencioso en la salud y la tierra
Más allá del evidente daño estético al entorno natural, la persistencia de estos microbasurales genera consecuencias que nos afectan a todos:
- La tierra y los cultivos: La progresiva degradaciĂłn y dispersiĂłn de pequeñas partĂculas de plástico y residuos quĂmicos en los campos colindantes de soja y caña de azĂşcar representa un riesgo silencioso para la calidad de la producciĂłn agrĂcola, motor de la economĂa regional.
- La salud pública: La acumulación de desechos a cielo abierto favorece la proliferación de vectores de enfermedades, transformándose en focos de riesgo sanitario para los vecinos de las comunas cercanas.
Un vacĂo estructural que exige respuestas
La problemática pone de manifiesto la asimetrĂa en la gestiĂłn de residuos dentro de la provincia. Si bien la puesta en marcha de la planta de Overo Pozo significĂł un paso adelante para el Gran San Miguel de Tucumán, el interior tucumano aĂşn aguarda soluciones de fondo. La falta de infraestructura local para el tratamiento de basura y la ausencia de campañas de concientizaciĂłn sostenidas complican el panorama.
Asimismo, la falta de mecanismos institucionales claros de control y la ausencia de incentivos o penalizaciones efectivas hacen que la erradicaciĂłn de estos puntos de arrojo sea una tarea sumamente difĂcil.
Abordar este flagelo no se trata de buscar culpables de manera estĂ©ril, sino de asumir responsabilidades compartidas. Requiere que el Estado garantice las herramientas y el presupuesto para un servicio de recolecciĂłn eficiente en cada localidad, y que cada ciudadano reflexione sobre el impacto individual de sus acciones en el espacio comĂşn. Solo a travĂ©s de esa sinergia entre gestiĂłn y educaciĂłn cĂvica se podrá recuperar la dignidad de nuestros paisajes y garantizar un ambiente sano para las futuras generaciones.





