Soberanía en Venta y la Cancha de la Identidad: Malvinas, la tierra y la Selección que descoloca al poder

Hay momentos en la historia institucional de un país en los que las palabras de la diplomacia se quedan sin aire. El debate contemporáneo en torno a la soberanía territorial —crucero entre la Cuestión Malvinas y la flexibilización de la Ley de Tierras en el Senado— no admite grises. Sin embargo, en la Argentina contemporánea, el termómetro de la identidad nacional no se calibra únicamente en los despachos oficiales, sino en el césped.

La Selección Argentina de Fútbol se ha consolidado como el único vector de soberanía unificadora y popular, un fenómeno indomable que desubica por completo a la clase política y la obliga a recalcular cada movimiento para no quedar en fuera de juego.

La Selección como espejo incómodo del relato oficial

La «Scaloneta» y su arraigo popular representan una forma de patriotismo que los políticos codician pero no pueden comprar ni controlar. Mientras el Gobierno intenta redefinir los conceptos de patria bajo una lógica puramente mercantilista o de alineación extranjera, el seleccionado nacional devuelve una imagen colectiva, asociada a la pertenencia de la tierra y al recuerdo de los héroes.

No es casualidad que el himno de la hinchada («Muchachos») ponga en la misma línea de nobleza a Diego, a Lionel y a «los pibes de Malvinas que jamás olvidaré». Esa soberanía afectiva e histórica se canta en las tribunas con una fuerza que desmantela cualquier intento de relativización diplomática. Ante esto, los «jugadores» de la política quedan expuestos en sus contradicciones:

  • Javier Milei y el intento de cooptación ideológica: El Presidente intenta traducir el éxito de la Selección bajo la lente del «mérito individual» y la «competencia extrema», buscando forzar un paralelismo con su modelo libertario. Sin embargo, la Selección responde a una lógica de construcción colectiva, forjada en los clubes de barrio (asociaciones civiles sin fines de lucro que su gestión busca transformar en Sociedades Anónimas Deportivas). Cuando el equipo rechaza sistemáticamente ser utilizado como trofeo político —evitando la foto en el balcón de la Casa Rosada—, descoloca la narrativa oficial y deja al mandatario celebrando en soledad un éxito que le es ajeno.
  • Victoria Villarruel y la encrucijada del nacionalismo: Para la Vicepresidenta, que construyó su perfil sobre la defensa del orgullo nacional y militar, la Selección representa la «argentinidad al palo» que ella busca capitalizar. El conflicto surge cuando esa misma Selección defiende banderas de unidad que no comulgan con la polarización, o cuando el plantel se planta de manera independiente. El fervor popular por Malvinas que la Selección canaliza expone la fragilidad del sector que Villarruel representa: ¿cómo sostener un discurso de soberanía de Malvinas si en el Senado se avala la entrega de las tierras continentales que sostienen la soberanía real?
  • Patricia Bullrich y el control del fervor indomable: Para la Ministra de Seguridad, la Selección representa un desafío constante de orden público, pero sobre todo de narrativa. Intentar encuadrar bajo el ala del «orden» y la «seguridad» un festejo popular genuino y desbordante resulta imposible. Bullrich queda expuesta al intentar usufructuar políticamente el orgullo deportivo mientras, en paralelo, se desmantelan los controles fronterizos y de tierras que garantizan la seguridad nacional efectiva.

La Ley de Tierras, Malvinas y el Fútbol: Las tres caras de la soberanía

Vincular la causa de las islas y la entrega de recursos con el fútbol no es un capricho. Mientras que en los despachos del Senado se debaten herramientas legales para permitir que grandes extensiones de suelo patagónico o de frontera queden en manos de multinacionales extranjeras, el pueblo se refugia en los colores de la camiseta para gritar que la patria existe y no se vende.

La contradicción es flagrante: se aplaude el gol que reivindica indirectamente a Malvinas en una pantalla, mientras se firma el decreto que facilita la extranjerización de la tierra donde nacen esos mismos hinchas. La Selección, de manera involuntaria pero implacable, actúa como un límite moral para la dirigencia. Los futbolistas, al mantener una distancia prudencial del poder de turno, le demuestran a la política que la legitimidad popular no se transfiere por decreto ni se hereda por simpatía ideológica.

La interpelación a la sociedad

La existencia de este seleccionado indomable nos obliga, como sociedad, a mirarnos al espejo. Nos interpela a abandonar la comodidad de celebrar la soberanía en un mundial o en una Copa América para empezar a exigirla en el territorio real.

¿Cómo es posible que nos conmueva hasta las lágrimas el canto por los «pibes de Malvinas» en la voz de un futbolista, pero permanezcamos indiferentes cuando las leyes del país abren la puerta para rematar los recursos estratégicos de la Patagonia?

La pelota no se mancha, pero la tierra se lotea. La Selección Argentina expone la hipocresía de una clase política que busca desesperadamente una foto con los campeones para tapar un modelo que, en el fondo, debilita las bases mismas del suelo que nos contiene.

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